martes, 27 de enero de 2009

Revolutionary Road




Por fin se estrenó, en España el pasado viernes, una de las películas más esperadas por todos los aficionados al séptimo arte. Lo nuevo de Sam Mendes, el director de la ácida ‘American Beauty’, la impactante ‘Camino a la perdición’ (‘Roat to Perdition’) y la fallida ‘Jarhead’. También la nueva película en la que coinciden Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, la famosísima pareja de ‘Titanic’, aún (y quizá para siempre) la película más taquillera de todos los tiempos. ‘Revolutionary Road’ es, por lo pronto, eso, una excusa para disfrutar de la elegancia de Mendes y de dos de los mejores actores del momento. En el fondo, es mucho más, aunque me temo que será difícil que lo vea la mayoría.

El póster de la película, agradable, con las dos estrellas tan cerca del beso, adorna las calles de muchas ciudades, llamando al público, y su imagen llevará al engaño; todos los que esperen encontrar un producto romántico convencional verán defraudadas sus expectativas. Paradójicamente, la propia película habla de eso. Del engaño. De lo convencional. De las expectativas. ‘Revolutionary Road’ nos descubre la gran mentira por la que se mueve la sociedad occidental, ese bienestar que se supone que debemos perseguir todos, piezas iguales del gran entramado del progreso. Descubre los barrotes invisibles del modelo de sociedad que domina nuestras vidas.


‘Revolutionary Road’ comienza presentándonos a Frank y April, dos jóvenes guapos y soñadores que se conocen en una fiesta; pronto se han enamorado perdidamente el uno del otro; bailan y no pueden dejar de mirarse. De pronto, la película da un cambio brusco. La historia ha dado un salto hacia adelante y ahora estamos en un teatro, donde una obra acaba de ser representada. Los rostros de April, actriz en dicha obra, y de Frank, entre el público, son brutalmente significativas.

Sus miradas ya no desprenden fuego y alegría, sino hielo y tristeza. Los sueños del comienzo han dejado paso a una terrible frustración. La propia representación teatral donde April ha quedado en evidencia ante su marido es una imagen también perfecta del engaño, de la maravillosa ficción que ambos han adoptado como vida, descubriendo que en realidad son como muertos vivientes. Sin embargo, ambos afrontan la situación de forma diferente. Mientras que April ya no puede soportarlo más, Frank se resiste a abrir los ojos, aceptando las cosas tal y como están.



Aparentemente, los Wheeler forman un matrimonio perfecto, con unos hijos perfectos, que vive en una casa perfecta, de una calle perfecta, de un país perfecto. Frank tiene un buen trabajo que le permite mantener a su familia; y por supuesto conduce un bonito coche. April cuida del hogar y de los pequeños, a la vez que participa en obras teatrales del barrio, donde ambos son respetados y queridos. En definitiva, los Wheeler representan el modelo ideal de la familia norteamericana en esa década de los 50 en la que transcurre la película. Y más allá de los 50, porque si creemos que esto se ha superado, sólo tenemos que salir a la calle y buscar las zonas residenciales o preguntarnos porqué “nos” hipotecamos para comprar un coche nuevo o una casa. El modelo capitalista de masas, de consumo, de bienestar, sigue intacto, con los cambios necesarios de los tiempos.

Un modelo que en realidad es una cárcel, una trampa, que mata las ilusiones y la libertad a cambio de un falso bienestar, representado por posesiones y relaciones superficiales. Los Wheeler en realidad son víctimas de una sociedad de masas en la que el individuo no existe, no tiene lugar; cada persona es simplemente una parte del sistema, insignificante, intercambiable, sin valor. Claro que para que eso sea posible, la ilusión debe ser creíble. La prensa, la radio y la televisión están en ello. Todos iguales. Todos consumidores. Todos felices. Todo perfecto.

Sin embargo, la película de Sam Mendes va más allá. ¿Qué ocurre cuando esa pareja perfecta decide salirse del sistema? ¿Qué pasa cuando dos individuos reclaman su identidad y quieren escapar de lo que es correcto para las masas? Como dije, es April quien deja de tolerar la vida que lleva, convenciendo a Frank de que necesitan dar marcha atrás, recuperar sus sueños y marcharse de allí; la idea es viajar a París y empezar de cero. Aquí tenemos la situación que vuelve a alimentar la película, aportando sustancia para seguir adelante y comprobar hasta dónde pueden resistir las convicciones de una pareja en crisis.

Ese nuevo sueño, la solución de April para salir del agujero en el que han caído, y del que esperan salir antes de que sea demasiado tarde, permite seguir ahondando en la dramática situación de los protagonistas, que se descubrirán encerrados sin remedio en una espiral de convenciones y apariencias que van deteriorando poco a poco, sin compasión, sus nada especiales vidas. No hay más que comprobar el parecido, a primera vista, de los Wheeler y los Campbell, sus vecinos, esos que no discuten ni cuestionan el sistema, sino que viven cómodamente en él.

Los que sí son especiales son los actores, todos fantásticos a la hora de representar el sueño americano convertido en pesadilla. Por supuesto, sobresalen las interpretaciones de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, de lo mejor de sus respectivas carreras. En mi opinión, y a pesar de lo que he leído, me pareció más inspirado DiCaprio, bordando un personaje realmente complicado, un pobre hombre que debe caer bien a pesar de todo lo que provoca; Winslet está estupenda, pero me parece que su rol tiene menos de extraordinario, o quizá es que me recuerda demasiado al de ‘Juegos secretos’ o al de Julianne Moore en ‘Las horas’. En cualquier caso, incomprensiblemente, ninguno de los dos optarán al Oscar por su trabajo en este film. El que sí está nominado es Michael Shannon, por encarnar a John, un personaje de lo más particular, un loco que dice las verdades que los cuerdos callan. Personalmente, creo que está algo exagerado (me refiero a su última intervención), pero es cierto que sus apariciones en escena añaden energía y reflexión.

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